Por Lauren Doyle Owens

Antes quería dejarte. Te amaba, pero no podía quedarme.

Quería vivir en una ciudad con senderos para caminata y cafeterías, con librerías a las que pudiera ir a pie. No quería estar en nuestro suburbio de Florida, lleno de palmeras y centros comerciales, un lugar que nunca quise, pero en el que me establecí porque tú ya estabas ahí, echando raíces. Si me hubiera ido, habrías tenido la libertad de vivir esa vida de familia suburbana que correspondía con ese lugar, la que asumí que deseabas y que jamás podría darte.

Fuimos a Seattle a una boda y pasamos el día escalando las colinas y recorriendo los jardines dentro de la ciudad y en los alrededores. “Me encanta este lugar”, te dije. “Esto es lo que quiero”.

Pero era 2009 y nuestra casa en Florida valía 150.000 dólares menos de lo que habías pagado por ella. Estábamos atrapados.

Se me entumecieron las piernas. Acudí al médico, a un acupunturista, a un terapeuta. El médico dijo que no me pasaba nada. El acupunturista me escuchó llorar durante la consulta previa al tratamiento y el terapeuta me preguntó si me sentía entumecida.

“No me siento entumecida”, respondí. “Me siento atrapada”.

El entumecimiento empeoraba al caminar juntos por nuestro barrio e intenté persuadirte de hablar sobre la posibilidad de partir. Todo mi dolor y ansiedad se volcaban hacia mis piernas hasta dejar de sentirlas. Caminaba dando tumbos. No podía creer que te gustara esta vida. Te desconcertó mi necesidad de partir.

Nuestros amigos que se casaron en Seattle tuvieron un bebé. Recibimos la noticia y lloramos juntos en el piso del baño. Me sorprendió tu pesar, pero no el mío. Yo llevaba el mío a cuestas, lamentándome por algo que deseaba, pero no podía tener. Y como no podía tenerlo, quería una nueva oportunidad y quería darte una también.

Pero yo sabía que ibas a quedarte justo donde estabas y que con el tiempo encontrarías a alguien y te enamorarías. Quizá tendrías uno o dos hijos y, años después, te encontraría en algún lugar con un hermoso par de niños pequeños cargados sobre la cadera. Serías feliz. Pero habría una parte de ti que querría quedarse conmigo y otra parte de mí que querría quedarse contigo y nos alejaríamos de ese encuentro. Yo regresaría a mi diminuto y costoso departamento y lloraría, extrañándote y extrañando la vida que tenías.

Viajé sola a los congresos de escritores en California, donde trataba de imaginar mi vida sin ti. En lugar de eso, imaginé lo que elegirías del menú si estuvieras ahí, las conversaciones que sostendríamos y las cosas que me señalarías. Me senté en el parque del Golden Gate, a la sombra de un viejo eucalipto y observé el polen revolotear en la luz que se filtraba entre las ramas. Imaginé llevar ahí a nuestros hijos después de la escuela y caminar a casa justo a tiempo para saludarte al regresar del trabajo.

Fuimos a Alemania, Suiza y Holanda. En cada lugar, un nuevo sueño. Podríamos vivir en Friburgo y hacer caminatas a diario. Podríamos vivir en Ámsterdam y administrar una tiendita en la planta baja de nuestro hogar. Siempre volvíamos a Florida, de regreso a nuestras vidas, y al aterrizar me inundaba la tristeza.

Estaba atrapada en mi interior. A diario, me dirigía al trabajo que odiaba, regresaba a una casa que sentía ajena y bebía demasiado; me introducía en un oscuro agujerito hecho para una sola persona.

Te pregunté si tenías inconveniente en que renunciara a mi trabajo y viajara a Arizona unos meses para poder pasar un tiempo a solas, escribir, pensar y descubrir mis cimientos, las raíces que me habían cercenado con precisión quirúrgica y radiaciones.

“Sí”, respondiste. “Sí tengo inconveniente. Estamos casados. Vivimos aquí. Necesito que te quedes”.

En ese entonces no lo sabía, pero yo también necesitaba quedarme. Creí que necesitaba estar a solas, pero en realidad quería librarte de mí. Quería que fueras capaz de seguir adelante y tener lo que yo no podía darte.

Pero sé que jamás lo viste de ese modo. Cuando me diagnosticaron cáncer jamás te detuviste a pensar cómo la pérdida de mi fertilidad afectaría tu vida. Solo pensaste en mí y en lo que necesitaba. Así que dormiste a mi lado todas las noches en el hospital y cada mañana fuiste a casa a bañarte y pasear al perro. Trabajabas todo el día, volvías a casa con el perro y luego ibas a Whole Foods para que yo no tuviera que comer la comida del hospital, y finalmente volvías al hospital para dormir a mi lado una vez más.

Yo estaba medicada e inflamada. No me di cuenta de lo largos que eran los días ni de lo que habías tenido que hacer para seguir adelante. Por eso ahora dices “sobrevivimos el cáncer”. No “ella”, no “Lauren”, sino nosotros, juntos.

El año pasado fuimos a Japón y mientras escalábamos el Kumano Kodo, se hizo de noche. Yo estaba molesta contigo por habernos hecho perder el micro que nos llevaba al inicio del sendero, por hacernos pasar cuatro horas más siguiendo la antigua ruta de los peregrinos cargando nuestras pesadas mochilas. Las rodillas, la cadera y los hombros me dolían atrozmente. Decidí que no podía dar un paso más. Comencé a llorar. Estaba desesperada y exhausta. “Déjame aquí”, te pedí entre lágrimas.

“Espera”, dijiste, y te cambiaste la mochila hacia adelante para tomar la mía y colgártela en la espalda. Juntos, bajamos por las resbaladizas rocas tomados de la mano. Yo apuntaba mi linterna hacia nuestros pies y tú usaste la tuya para iluminar el camino.

Han pasado diez años desde el cáncer, y esos años tristes que siguieron se sienten como si me hubiera aquejado otra enfermedad, una fiebre o interacción medicamentosa. Sigo sin entender por qué te quedaste. Por qué me toleraste. Pero me da gusto que lo hayas hecho.

Nadie te dice cuán largo es un matrimonio. Cuando te enamoras, cuando la pasas bien con alguien, cuando disfrutas su forma de ver el mundo, nadie te dice: “Esta persona cambiará. Entonces, estarás casado con dos, tres, cuatro, cinco o diez personas a lo largo de tu vida, mientras cumples con tus votos”.

Nadie te lo advierte. Pero tú eres la excepción, querido. Hay algo profundo, sólido y eterno dentro de ti. Ojalá hubiera sabido, cuando buscaba mis cimientos, que todo lo que debía hacer era darte la mano.

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