Existen normas institucionales que garantizan la presencia femenina en espacios en los que se toman decisiones importantes. La imposición, sin embargo, no es sinónimo de una auténtica valoración de la participación de las mujeres en espacios claves.

La frase “Empapadas de Patriarcado”, de la autora italiana Natalia Ginzburg, que se escuchó por primera vez gracias a Inés Garland, gran escritora argentina. “Empapadas” quiere decir tomadas, como cuando nos empapa la lluvia y casi no podemos ver; esa lluvia que nos inmoviliza y que nos obliga a cerrar los ojos. Hombres, mujeres y niños estamos empapados de patriarcado, tan empapados que para dar más espacio a las mujeres en la sociedad creamos, por ejemplo, leyes de cupo. En el caso argentino, la ley 24.012 –reglamentada en 1993- establece que las listas de candidatos a cargos electivos deben estar compuestas por mujeres al menos en un 30 por ciento.

En un evento en el que había un panel compuesto por dos hombres y dos mujeres. Uno de ellos, cuando comenzó su exposición, dijo: “Es necesario dar espacio a las mujeres por una cuestión de justicia”. Quise levantarme e irme: si vamos a mantener la superficialidad en la conversación, las mujeres nunca estaremos a la par de los hombres, o quizás lo hagamos en varios siglos más. Esa no es mi expectativa; más bien espero que podamos profundizar la conversación. Y no solo la conversación, sino las soluciones que se plantean para mejorar la situación de la mujer.

Si algo cambió, es gracias a las mujeres que pagaron costos muy altos. Desde las sufragistas que bogaron por el derecho al voto femenino, hasta Malala Yousafzai, la chica pakistaní que desafió al régimen talibán y que, más tarde, ganó el Premio Nobel de la Paz. Está comprobado estadísticamente que si una mujer llega a un lugar de liderazgo, el esfuerzo que tiene que hacer es muy superior al del hombre que llega al mismo lugar. Además, por lo general, gana menos que su par y es juzgada de ambiciosa e inescrupulosa.

¿Por qué tiene que haber una ley para que las mujeres ocupemos el lugar que queremos? Las leyes son imposiciones y lo que viene por imposición y no por deseo demora más en entenderse y valorarse, porque no permite hacerse preguntas. Si tiene que existir la ley –imposición– es porque no existe el valor. De ninguna manera, ante la imposición, el ser humano le va a otorgar valor a algo que no lo tenía previamente a dicha imposición.

Sólo le damos valor a lo que deseamos y a lo creemos que lo tiene. Por eso, si en los lugares de poder existe la creencia de que las mujeres no aportamos valor porque “no nacimos para eso”, nada de lo que venga de una mujer, por más leyes que impongan su participación, será valorado. ¿A qué le damos valor? ¿A la presencia de las mujeres en esos lugares porque hacen un aporte genuino y fundamental? ¿O a la ley?

“Las leyes son imposiciones y lo que viene por imposición y no por deseo demora más en entenderse y valorarse, porque no permite hacerse preguntas”.

Si hay ley, hay castigo, por lo tanto el regente es el miedo y el deber ser. Si hay valor, hay querer ser y éste es el único poder transformador. El castigo es el bolsillo, porque las multas son de índole económicas. En poco tiempo más, las empresas que no tengan mujeres en lugares ejecutivos van a valer menos, el precio de las acciones bajará si no tienen entre sus prioridades y, como eje estratégico, la equidad de género. Pero sería verdaderamente triste que la diversidad en términos de género solo sea valorada como un factor económico y no como un agregado de valor.

El aporte de las mujeres será tomado como un agregado de valor cuando la mujer seamos valoradas como un auténtico otro y cuando no le concedamos el poder al patriarcado de sentirnos menos valiosas por el solo hecho de ser mujeres, y nos valoremos a nosotras mismas creyendo fervientemente que podemos ocupar todo el lugar que queremos.

 

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